Escritores famosos; vidas discretas

Thomas Pynchon se escapa de las cámaras, pero si estuvo en los Simpson.

Thomas Pynchon se escapa de las cámaras, pero sí estuvo en los Simpson.

En tiempos cuando el afán protagónico y mediático es casi exigido a los artistas, la nota que publica Rodrigo Fresán en Página 12 se enfoca en aquellos raros escritores que se escapan de la luz pública. Para Fresán, el circo–a veces, divertido; otras, estúpido–en que ha devenido la fama literaria tiene su culpable en Charles Dickens.

“Si se lo piensa un poco, tal vez el verdadero misterio pase no por si un escritor decide desaparecer sino por demasiados escritores mostrándose tanto. Y es que en un principio no era así: en un principio el cuerpo –el corpus– eran los libros y sus autores una suerte de fantasma en vida, pero fantasma al fin. El asunto se complica para siempre –hay casi consenso en esto– con la llegada de Charles Dickens. Es él quien descubre y patenta la industria del escritor como producto: se lanza a largas giras, ofrece conferencias, cobra por lecturas que son mucho más que eso. Los que estuvieron allí dejaron testimonio del alto dramatismo de las veladas, con Dickens actuando cada uno de los personajes y arrancando lágrimas del público y, en ocasiones, hasta desvaneciéndose de agotamiento por el esfuerzo realizado. Freud lo hubiera calificado de histérico y sus biógrafos aseguran que semejante esfuerzo live fue lo que lo llevó a la muerte. En cualquier caso, a partir de entonces se le exige al escritor una vida social y no-ficción que compense la soledad de sus ficciones. No importa que en las raíces de la vocación se encuentre la obviedad incuestionable de un “escribo porque me gusta estar solo”. Ahí están los cada vez más numerosos festivales, los programas de radio y televisión, la obligación de opinar sobre cualquier cosa y hasta la cláusula en los contratos con la editorial donde se estipula que el padre de la criatura deberá promocionarla con buena disposición y, si es posible, alegría. De ahí también que la decisión de esconderse –de dejar el juego, de ubicarse afuera– cause extrañeza primero y enseguida fascinación.” Fresán también recorre los casos de Salinger, Thomas Pynchon, Don DeLillo, y varios otros narradores que han excluido las apariciones públicas de la vocación literaria. Lee la nota completa aquí.

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Filed under CANON DE ARTES TOXICAS, LIBROS, MEDIOS

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